El comité informativo de la intifada saharaui
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Referéndum

El repetidor al
que me voy a referir no es aquel que repetía asignaturas o incluso cursos, no.
Había otro, quizás menos conocido, y lo que hacía era lo más parecido a una
actuación teatral, pero de supervivencia. No la dramática y atroz, sino otra de
chispa y aguante. El argumento de cualquier repetidor era pura improvisación
diaria. De cualquiera porque éramos muchos. En el escenario que nos ocupa no
suspirábamos por ser actores principales como en las películas o el teatro, sino
todo lo contrario, queríamos ser los extras, menos, inclusive, queríamos ser
invisibles.
En el mundo de la ESBEC[1] el hambre parecía eterna y nosotros unos insaciables.
La felicidad suprema gravitaba en torno a tener el estómago alegre, por lo
tanto, el espacio donde se desarrollaba la acción era nada más y nada menos que
el centro del universo: el comedor. Quizá era un lujo saber en aquellos tiempos
que teníamos asegurada una bandeja de comida, pero a nuestras barrigas no les
persuadía ese argumento y no paraban de ladrar como ávidos perros.
Para comer más de una vez en el comedor uno tenía que ser experto en colas de
larga duración y disponer de mil caras, con tal de no ser sorprendido por los
profesores y educadores. Cada cual usaba sus propias tácticas para salir airoso.
Había quien dejaba el pelo desordenado y la segunda vez volvía con el pelo
alisado, o al revés. Y quien entraba, comía y después volvía con otra ropa y
hasta con ánimo más nublado para disimular. Algunos repetidores ocultaban sus
rostros tras los que estaban delante en la cola o daban la espalda a los
controladores. Los había incluso que repetían sartas ininteligibles como
amuletos orales que los hacían intocables. Los vigilantes no sólo trataban de
poner orden y cumplir con el horario estipulado, sino también tenían que evitar
por todos los medios que nadie comiera más de una vez. Ocupación francamente
complicada.
A pesar de la vergüenza que uno podía pasar si era desenmascarado, nadie cejaba
en el empeño y era mayor el sonrojo si te pillaban delante de las muchachas,
porque no recuerdo haber visto ninguna comer doble y llegué a pensar que no
padecían el virus del apetito que a los chicos nos absorbía.
A algunos profes les parecía divertido patrullarnos, otros, sin embargo, eran
despistados o pasaban del tema. Pero por lo general estaban muy atentos, por si
se les pasaban muchos y se agotaba la comida preparada. Y para los cocineros
resultaba un dolor de cabeza, en vez de hacer otras labores o irse a sus casas.
Entre los profes la mosca cojonera fue Fran, un hombre alto y jabao[2],
apasionado de las matemáticas y la salsa, sobre todo de la salsa (cuando venía
alguna orquesta a la escuela bailaba mucho y si no encontraba pareja se sentaba
en uno de los bancos de cemento que había en el pasillo principal de la escuela
y no paraba de mover las manos y las piernas, el cuerpo entero, como si
estuviera todavía de pie), le apodábamos Fran Tique, porque nada más llegar de
su Bayamo natal, se puso como tarea primordial controlar a los repetidores y en
sus guardias (hacía más de la cuenta o eso creíamos) introdujo un elemento nuevo
en el comedor: los tiques. Los primeros que ideó resultaron rudimentarios, los
recortó de un cuaderno, en serie de pequeños cuadrados y los enumeró del uno al
treinta, que era más o menos la cantidad de alumnos que había en cada clase y en
cada papelito estampó su firma con un boli azul. Al cerrar el comedor contó
todos los tiques recogidos en la entrada del comedor y se sorprendió al
constatar que sobraban más de veinte, revisó algunos y vio su rúbrica plagiada.
Aquello le molestó y volvió a hacer otros. Esa vez de un papel más consistente
de color rojo y amarillo que a él le pareció difícil de conseguir. Unos chicos
avispados removieron oficinas y rincones inaccesibles de la escuela hasta que
consiguieron papeles iguales, aunque consiguieron repetir menos, no obstante,
aquella insolencia enojó todavía más a Fran Tique.
Unos días más tarde Fran volvió con otro invento (se encerró toda una mañana en
el aula-taller de Educación Laboral y fabricó cientos de tiques de una chapita
de metal con los números acuñados como monedas cuadradas). Cuando los repartió
tenía una sonrisa de oreja a oreja. Su invento nos dejó perplejos.
- Fran, eres un bárbaro, una fiera, le dijo su compañero de guardia y lo colmó
de más elogios cuando cerró el comedor y comprobaron que ese día nadie comió más
de una vez.
No sé cuántas semanas nos rascamos las cabezas sin poder hacer nada ante los
nuevos tiques de Fran, hasta que Larosi, un chaval ingenioso y un manitas se le
ocurrió una idea y una idea asequible y tan cerca (quién lo iba a decir) que
sujetaba nuestros pantalones: los cintos.
Al principio de cada curso escolar repartían a todos uniformes y un cinto negro
de plástico. Esos cintos llevaban en la base que sostenía la agujeta una chapita
¡Y las chapitas de los cintos eran del mismo tamaño que las del Fran! Bastaba
con arrancarlas de los cinturones, buscar piedras para acomodarlas y otras para
martillar sus esquinas hasta quedar lisas y luego trazar con un cuchillo o con
la hoja de un machete números, por cada chapita un número cualquiera y esperar
la hora de la comida a ver si colaban. Aunque Fran Tique estuvo alerta y
desconfiado los primeros días, después se relajó y fue allí cuando entraron en
acción las chapitas falsas y empezaron a franquear su vigilancia. Cuando se
percató tiró todo a la basura y volvió a la normal vigilancia como los demás
profes.
Como repetidor yo era tranquilo y para nada sagaz. Todo lo contrario que en el
mundo de afuera, donde siempre merodeaba por la parte de atrás de la cocina para
pedir pan o dulces. Ante la imposibilidad de trabajar como ocasional ayudante de
cocina, porque los había que arrimaban el hombro para desnucar pollos,
introducirlos en una enorme olla de agua hirviendo, desplumar cientos encima de
una mesa larga de metal gris, limpiarlos y después amontonarlos en unas ollas
grandes y transportarlos a la nevera de la cocina. Héctor, el jefe de la cocina
dejaba esa faena a aquellos que le caían bien o no conocía a simple vista.
Después del trajín entregaba a los ayudantes un cubo de leche que debían tomar
dentro para fastidiar a los que pululábamos fuera y una caja grande de dulces
que los trabajadores podían llevar. Se suponía que los seleccionados para ese
tipo de encargos eran unos privilegiados y cuando un amigo participaba era como
si lo hiciéramos el resto de colegas.
Una mañana de sábado esperábamos a Gali, que había sido seleccionado para
trabajar con otros seis o siete. Durante un par de horas sólo paraban para tomar
agua o fumar a escondidas colillas un par de ellos, mientras tanto nosotros
jugábamos al béisbol con un palo y una pelota de trapos. Cuando terminaron la
faena y empezaron a recoger los desperdicios con un par de escobas y una pala,
Gali bajó a conversar con nosotros.
Estábamos hablando y riendo cuando de repente alguien advirtió que los demás
currantes ya entraron dentro de la cocina sin avisar. Como una bala salió
disparado Gali y cuando alcanzó la puerta estaba cerrada. Llamó y golpeó con
fuerza para que le abrieran. Como respuesta sólo recibió un grito fuerte y
áspero advirtiendo: ¡Cuidado! En ese preciso momento una cocinera abría la
puerta y lanzaba el contenido de una jarra de detergente caliente para limpiar
el escenario de la batalla de los pollos, el jabón mojó la ropa y el brazo de
Gali y le quemó. De un salto bajó las escaleras y buscó piedras, y volvió con
dos, la primera fue volando hacia la puerta cerrada y con la segunda subió los
cuatro o cinco escalones que llevaban hasta la puerta de madera roja. De nuevo
se abrió la puerta y salió Monga.
- Dónde vas con esa piedra, carajo - le espetó la cocinera.
- ¿Por qué me echaste la mierda esa?- preguntó Gali enfadado.
- Échate pa allá.
Gali amagó amenazándola con la piedra, pero antes siquiera de que se le pasara
por la mente hacer algo, ya Monga se le había adelantado y agarró su mano que
sostenía la piedra y con ella le golpeó en la cabeza. Gali quedó por unos
segundos aturdido y mientras se recuperaba del golpe, (la mano amortiguó el
efecto de la pedrada) bajó a buscar algo más contundente, un palo, una viga o un
machete. Monga entró y cerró la puerta con pestillo evitando males mayores.
Durante más de media hora Gali no pudo hacer nada más que inflarse y desinflarse
de la rabia, golpeaba la puerta con la punta de su bota derecha y gritaba que le
abrieran, desde el otro lado nadie respondía. Pasado un rato largo la tensión
fue menguando y Héctor le llamó y le entregó lo que le correspondía por el
trajín. Gali repartió con nosotros sus dulces. Dulces que nos supieron amargos.
Aquella inesperada batalla con Monga nos dejó impresionados.
Decía que Héctor nunca me dejó participar en faenas como la de los pollos, pero
eso no tenía importancia, lo esencial era que él no se dedicaba a ejercer
vigilancia en el comedor como hacían otros. Aunque utilizaba tácticas
barriobajeras para amonestar nuestras travesuras. Una vez estaba jugando con una
máquina para afilar machetes que alguien dejó cerca de las escaleras de la
cocina, cuando de repente unos chicos irrumpieron en el corral cuadrado de
cemento y se llevaron tres o cuatro gallinas. Héctor les vio, pero parece que no
le dio tiempo a apresarles y salió vociferando cuando ya se habían evaporado
tras los matorrales que rodeaban la escuela. No estaba yo al tanto de lo que se
avecinaba y seguía dándole vueltas a la máquina cuando Héctor agarró una gallina
(una que los muchachos habían abandonado y estaba medio desmayada) avanzó unas
zancadas como tambaleándose y me sujetó con su otra mano libre. Intenté zafarme,
pero como esposas sus dedos se aferraron a mi brazo. Y me llevó por un pasillo
que conducía hasta la Dirección, pasamos delante de algunos curiosos, casi todos
se reían de la situación. Hacia la oficina del director de la escuela íbamos el
jefe de cocina, la gallina desfallecida y yo cabizbajo iba repitiendo: “yo no
fui, yo no fui”.
Me sacó de aquella situación embarazosa la cocinera Bienvenida, (nunca mejor
dicho) no sé cómo fue a parar a la oficina del director, dijo que yo no había
sido, pero sabía quiénes fueron. Me inventé unos nombres que el director anotó
en un papel, porque a decir verdad ni siquiera había visto las caras de los
robadores de gallinas. A pesar de sufrir una situación embarazosa como aquella,
seguí recorriendo la frontera de ese diminuto espacio de la cocina donde había
más posibilidades de tropezarse con detalles dulces para llevarse a la boca.
La jugarreta mayor inventada por Héctor para castigarme fue dentro del comedor.
Un día después faltar la última clase de la mañana, con el calculado propósito
de comer para luego cambiar de ropa y repetir. Iba a coger la bandeja para que
me sirvieran el arroz cuando reparé en Héctor, (hablaba con Monga y esta servía
frijoles y los dos se reían de algo) en cuanto me vio cambió su rostro. Dejó en
el suelo la olla vacía que sostenía por los mangos y apuntó su dedo hacia mí,
con su voz de ron y tabaco soltó:
- Tú, sal fuera que ya comiste.
Limam Boisha.
[1] ESBEC: Escuela Secundaria Básica en el Campo. Cuba.
[2] Jabao: aunque popularmente se dice Jabao, la expresión correcta es Jabado y
significa un mulato de piel y ojos claros.
By Tfarititelecom 2008